Intento llegar al instituto 5 minutos después de que suene el timbre. Así es más probable que no me pillen en la entrada, como sucedía cuando llegaba puntual.

No me apetece pisar la clase, porque sé que en cuanto lo haga oiré risas y murmullos pronunciando alguno de los motes que me han puesto. Así que me quedaré en el cuarto de baño durante la primera hora.

A segunda hora toca Educación Física. Aunque me encanta hacer deporte intento evitar esta asignatura. Antes de salir de casa le digo a mi madre que me duele la barriga y que haga una nota para el profesor; así no tengo que soportar sus “bromas” en los vestidores (me mojan la ropa limpia, me esconden el chándal o me tiran bolas de calcetines).

El rato que dure el recreo intentaré esquivar a los chicos que me cogen el desayuno y me quitan el dinero. También rodearé la zona de los mayores, pues en un par de ocasiones me abrieron la mochila y me rompieron los libros. Espero que cuando tenga que volver a mi aula no me hagan “la mosca” –se colocan 2 filas de chicos a ambos lados del pasillo y me van golpeando la cabeza uno por uno–. O quieran jugar conmigo a “la montaña” –me lanzan al suelo, se echan encima de mí 5 o 6 compañeros y luego se van corriendo, dejándome ahí tirado–.

El peor momento será al terminar las clases, pues dentro del instituto intentan “no pasarse demasiado conmigo”, por miedo a que se enteren los profesores y se lo cuenten a mis padres. Ya me han cogido alguna vez desprevenido por la calle y me han pegado puñetazos en la barriga, a la vez que me advertían que si les delataba me darían tal paliza, que terminaría en la cama de un hospital.

Cuando llego a casa me siento a salvo; pero en cuanto me conecto a internet descubro que han colgado un vídeo sobre mí, en una conocida red social. En las imágenes me observo a mí mismo, rodeado de caras sonrientes, encogido en el suelo; mientras, 4 chicos me quitan los pantalones y me propinan patadas en la espalda y brazos.

Hoy no me apetece cenar. Le digo a mi madre que tengo mucho sueño, para irme pronto a mi habitación. Ella no sabe nada. Cuando me pregunta por el instituto intento sonreír, le respondo con monosílabos y suelto un escueto “bien”, no vaya a ser que en una de estas se me escape la verdad. Una vez en mi cama, con el silencio de la noche llenando el vacío que siento, cierro los ojos y sueño que vuelo… lejos… muy lejos de aquí.

Fdo.: Nadie

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Este artículo es la primera parte de una serie de tres, que se publicarán en las próximas 2 semanas. Si te ha gustado quizás te interesen las siguientes entradas S.O.S. Adolescencia a la vista (parte I), S.O.S. Adolescencia a la vista (parte II) y S.O.S. Adolescente a la vista (parte III)
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Sira Sánchez

Psicóloga. Mi campo laboral se ha centrado en la orientación educativa, en la enseñanza pública desarrollando funciones de jefatura del Departamento de Orientación. Actualmente dirijo el área educativa y de orientación en WebPsicólogos.

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