Hoy voy a escribir un post que tengo ganas de escribir desde hace mucho tiempo. Anoche estuve de verbena viendo a los Bazter y, de una manera casi automática, mi cabeza y mi corazón viaja de inmediato a un lugar de la mancha de la Alcarria del que siempre querré acordarme.

El post de hoy es un homenaje a Villaconejos de Trabaque, a su gente y las personas con las que tuve la suerte de compartir dos años de mi vida.

El inicio

Llegué a Villaconejos de Trabaque una tarde de final de junio, después de abandonar Murcia donde viví 10 años maravillosos de mi vida.

Reconozco que tuve que para el coche en la curva antes de entrar al pueblo porque no podía parar de llorar. Eran muchas las personas que dejaba atrás y muchas las dudas y miedos que tenía con la nueva etapa que iniciaba aquel día.

Me fui a Villaconejos de Trabaque a trabajar en centro de menores con medidas judiciales y trastorno psiquiátrico y no sabía lo que me esperaba.

Irme a vivir a un pueblo de 443 habitantes era algo muy nuevo para mi y lo de trabajar en un centro de menores también.

Cuando fui capaz de dejar de llorar, llamé a Esmeralda, una educadora que me dejaba quedarme a vivir en su casa hasta que encontrara algo.

Dejé las maletas y me subí a trabajar (empecé en el turno de noche). Terminé este primer turno a las 8:00 de la mañana y me fui a dormir.

Me desperté a las 15:00 porque escuché que me llamaban desde la calle y bajé a ver que narices pasaba. Me encontré con 4 desconocidos (bueno, tres, porque uno de las personas que vinieron fue Antonio de Jaén, con el que había compartido el turno de noche).

Me dijeron que me pusiera un bañador y que nos íbamos a bañarnos a la playa (¿bañarnos en la playa en mitad de Cuenca?).

Sin saber muy bien con quien me iba ni a que, me subí en el coche y me dejé llevar.

Una hora después estaba en la playeta de Cañamares, en un entorno natural incomparable y

disfrutando de charlar, reír y jugar con un grupo de desconocidos que querían conocerme, ayudarme y hacerme sentir como en casa.

En aquel momento tuve claro que la etapa que se iniciaba iba a ser muy buena.

Los lugares son personas.

No se lo contéis a nadie, pero la provincia de Cuenca es probablemente de los sitios más bonitos de España. Naturaleza espectacular y un ritmo de vida que te permite disfrutar del día a día.

Pero como he dicho, los lugares son las personas que en ellos te encuentras y yo, en Villaconejos de Trabaque, encontré un grupo de personas que siempre va a formar parte de mi vida.

No me quiero poner pesado y hacer un listado de toda la buena gente que allí me encontré.

Gente del pueblo y alrededores y otras personas que como yo nos habíamos mudado para trabajar en el centro de menores.

Vivir en un pueblo de poco más de 400 personas tiene sus inconvenientes, pero también muchas ventajas. Se que lo que voy a decir suena a concursante de Gran Hermano, pero la intensidad de las relaciones y el tiempo compartido hizo que después de unos pocos meses conociera a las personas con las que convivía como si llevará toda la vida a su lado. En Villaconejos de Trabaque se magnifican las emociones.

Se me pone cara de tonto cuando recuerdo a José, Sonia, María, a Pepe, … son muchos nombres y muchos los ratos que compartimos.

El turno de fin de semana

Después de un par de meses trabajando en el centro, entre a formar parte del turno de fin de semana. Trabajábamos sábados y domingo de 9:00 de la mañana a 11:00 de la noche y era realmente agotador. Pero aquel equipo de trabajo se convirtió no solo en mis compañeros de trabajo, sino en mi propia familia.

Recuerdo con cariño a Alfonso y Ángel. Incluso sonrió al pensar el Albito (que sólo aguanto la presión un día y medio y se fue).

Pero permitirme el lujo de que os hablé un poco más de las personas con las que compartí dos años de mi vida.

Allí descubrí a Antonio de Jaén, que me enseño que, aunque este en un pueblo remoto y perdido y te pases la mitad de la semana en chándal, nunca debes perder “el brillico” ni dejar de cuidarte y arreglarte.

Y a Antonio Cebrián, siempre dispuesto a echarte una mano y a sacrificarse para que tu estuvieras un poco mejor. Además, ahora podéis disfrutar de geniales fotografías y de su arte. Podeis ver su trabajo aqui y en las fotos que le he «robado» para este artículo.

Y tuve la suerte de compartir trabajo y muchas horas de mi vida con Esmeralda, una de las mejores personas que conozco y con la que te diviertes sí o sí. Hacer el turno de noches con Esmeralda era casi como no trabajar, porque hacía que las largas hora de la noche pasarán sin darte cuenta con su conversación y su sonrisa.

También me encontré con Eva. Hay personas con las que te entiendes desde el primer momento que te encuentras. Por su manera de entender la vida y por los muchísimos momentos compartidos, me siento muy privilegiado de contarla entre mis amigos.

Ahora podéis encontrarla en Salamanca, apostando por un proyecto precioso de madres de día y vida integrada con la naturaleza. Visitad el ritmo de las mariposas si queréis saber más.

También tuve la suerte de compartir trabajo y casa con Gonzalo. Gonzalo, de mayor quiero ser como tú.

Cuando hablamos de vivir juntos, sólo me puso una condición. Que no hubiera relojes en la casa. Hicimos inventos, experimentamos con la cocina y adoptamos 2 conejos y unas cuantas arañas ¿Acaso se puede pedir más?
Y si hoy, 8 años después de aquella experiencia, tengo la suerte de seguir sintiéndome vinculado a Villaconejos de Trabaque, es gracias Sonsoles.

Porque su casa es mi casa y su familia es la mía.

Porque nos acogió a todos los que veníamos de fuera y nos regaló a personas de su familia como Javi, Cinthia, Rosi o Eloy para que los disfrutáramos. (y Enma, a la que aún no conozco pero que estoy deseándolo)

Y porque sé que aún me quedan muchos ratos buenos que disfrutar en su casa, con buena comida, buena bebida y sin lugar a dudas muy buena compañía.

En fin, que ayer escuche a los Bazter (que ni son los mismos de antes ni tan buenos como eran) y hoy me despertado con la necesidad de recordar a Villaconejos de Trabaque y todas las personas que desde aquellos dos años se han convertido en importantes en mi vida.

Os quiero.

 

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Psicólogo y coordinador de proyectos. Escribo sobre psicología aplicada a la vida cotidiana. Me apasiona cómo internet, redes sociales, y las nuevas formas de comunicación influyen en las personas y estoy convencido que de todo esto va a salir algo bueno

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