Hoy  queremos compartir  con todos vosotros la reflexión de Carlos. Sin lugar a dudas, es un buen momento para filosofar…gracias por tu colaboración y ya sabes que tienes, las puertas y las ventanas abiertas para seguir haciéndolo. Mucha fuerza

Creo que no me arriesgo a decir una estupidez si defino la filosofía, la de los filósofos, como el arte de pensar.

Aunque suena grandilocuente, creo que bien merece esa categoría. Pero por otro lado, considerar el pensamiento de cada individuo como un arte sería poco menos que despreciar la filosofía misma (¡aún más!), así que podríamos decir que practicar la filosofía es algo así como cultivar el pensamiento crítico, trabajar la destreza mental del raciocinio. Y no me digan que no es un momento propicio para hacerlo, ¿no?

Estos días uno se asoma a las redes y ve lo de siempre: memes hiperbólicos, tuits llenos de golpes de efecto, titulares tremendistas y montajes audiovisuales cargados de maldita hemeroteca, todos al servicio de las estrategias de siempre, y de los bandos de siempre.
Y por supuesto el morboso y grotesco minuto y resultado de los fallecidos, infectados, etc.
Todo muy predecible, cansinamente predecible, como las películas del domingo después de comer.
 
 

Y uno se acuerda de la filosofía, y de su brillante ausencia en muchísimos de los debates que se ven en las redes, grupos de WhatsApp o con los amigos tomando algo [cuando éramos libres]. Y no hablo de la filosofía de los autores clásicos, sino la filosofía de la lógica, la que nos enseña a razonar, demostrar y contraponer ideas de una forma ordenada y científica.

He escrito “debates” en cursiva anteriormente porque a mi entender, la diferencia entre discutir y debatir, es que para debatir es esencial estar dispuesto a someter a prueba las ideas de uno mismo, y aquí, precisamente en esto último, es donde la mayoría de nosotros hacemos aguas. Por tanto, lo que se ve a nuestro alrededor es un continuo discutir sin sentido y tremendamente irritante para todos.

 

Y para explicar por qué pasa esto, tenemos dos elementos muy interrelacionados entre sí: el fenómeno de la cámara eco y la distorsión cognitiva llamada sesgo confirmatorio. Esto último, el sesgo confirmatorio, es la tendencia de una persona a filtrar la realidad de lo que percibe para que encaje con sus ideas preconcebidas. Por tanto, cuando uno se dispone a leer un artículo de su periódico habitual, su cerebro va a hacer todo lo posible para que la persona en cuestión esté de acuerdo con lo que está leyendo. Por otro lado, la cámara eco es la metáfora que se usa para describir los sistemas cerrados de medios de comunicación que engloban un conjunto de creencias e ideas similares (p.ej. los medios de comunicación que pertenecen a la Conferencia Episcopal).

Unido a estos dos mecanismos, hay un tercero, ajeno a nosotros y perverso, que juega un papel crucial: los algoritmos de las redes sociales, YouTube y Google. Estas herramientas están diseñadas para mostrar resultados congruentes con las creencias del usuario, reforzando así las paredes de la cámara eco en la que el usuario está atrapado. Este trío de mecanismos, llevados al absurdo, son los responsables de las fake news, los antivacunas o terraplanistas.

 

La única forma que tenemos para evitar caer en las trampas del sesgo cognitivo es, en primer lugar reconocer que esto nos sucede a todos (y no solo a los demás), y en segundo lugar practicar el pensamiento crítico. Sería bueno que la sociedad entendiera que la vehemencia, el golpe de efecto, la ironía, el humor o el lenguaje grosero y faltón no son argumentos, sino formas de comunicar un mensaje.

El debate tiene unas técnicas y unas reglas muy concretas que los ciudadanos deberíamos conocer. Puede que a más de uno le cueste de entender después de tantos años viendo tertulias cacofónicas insoportables, medios de comunicación dogmáticos y la proliferación preocupante del titular o el tuit como fuente de información. Mención especial a los titulares cazaclicks que luego nada tienen que ver con el cuerpo de la noticia.

 

 
Por todo lo anterior, le animo a que aproveche estos días de confinamiento para hacer un ejercicio filosófico.
Le propongo que intente despojarse de sus creencias en una suerte de ejercicio cartesiano, que cuestione lo que lee y lo que oye, que interiorice y asuma que el sesgo cognitivo lo practicamos todos en mayor o menor medida. Recuerde esto cada vez que se enfurezca cuando alguien que no piensa como usted rebata sus argumentos o sus creencias.
 

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