Hace mucho tiempo escribí un post sobre mi perra Triki, en concreto hablaba de las cosas que me ha enseñado sobre psicología.

Hoy quiero hablaros de mis “petis”, mis otros “compañeros de piso”, ya que ocupan un lugar relevante en mi corazón.

Os presento:

Éste es Peti. Es una chinchilla macho que llegó a mi vida hace nada menos que 8 años.

PETI

 

Y esta otra es Hongui, la pareja de Peti, que lleva con nosotros 3 años.

HONGUI

 

Os cuento la historia de nuestra especial relación

Estábamos Javi (mi marido) y yo por las Ramblas de Barcelona y nos paramos ante una jaula dónde había un animal desconocido entonces para mí; una chinchilla. Al momento me “enamoré” y le dije entusiasmada que cuando pudiéramos adoptar uno, lo hiciéramos (estoy totalmente en contra de la compra de animales, que conste).

Esa misma Navidad tuve el mejor regalo de todos, la llegada de Peti a nuestro hogar.

Como no sabía nada del cuidado y necesidades de estos animales me hinché a buscar información por internet, en páginas especializadas. Allí leí que las chinchillas eran unas mascotas muy simpáticas, y cariñosas, fáciles de domesticar, que se dejaban coger sin problema, ideales para tenerlas sueltas por tu casa… en fin, todo MENTIRAS; como pude comprobar con el tiempo…

 

Peti nos tenía pánico, pues era ya adulto y por lo que se ve no estaba socializado. Pasaron días hasta que me atreví a cogerlo, tarea harto difícil cuando el pobre, nada más abrir la jaula, saltaba como pollo sin cabeza hacia todos lados menos a la palma de mi mano.

Como me había informado, sabía que necesitaba hacer ejercicio y lo sacaba de su jaula una hora (o más) diaria. En el pasillo, pues era la única manera de poder cogerlo después del paseo.

Y mientras él corría, saltaba y cagaba (sí, esa es una de las cosas que obviaban en las webs sobre chinchillas que visité) yo me desesperaba, porque pasaban los meses y parecía que nuestra “relación” iba a ser siempre ésa: yo acercándome y él huyendo de mí.

No desistí. Cada día me encerraba con él en el pasillo y me tiraba todo el tiempo sentada en el suelo a la espera de que en uno de sus saltos aterrizara por casualidad en mi pierna o en mi hombro. Le daba comida, le compré “chucherías” de chinchilla para ganármelo, le daba baños de arena en un barreño (esto se supone que les encanta), le compré una casita de madera para roerla y le hablaba siempre en un tono suave para que perdiera el terror que demostraba tenerme.

 

Pasaron un par de años y llegó a casa Oki (una hembra de chinchilla), para ver si así se endulzaba el carácter huraño de Peti. Pero de nada sirvió. Aparte de que siempre se llevaron mal (tardé semanas en poder ponerlos juntos en la misma jaula), Oki adoptó “los modales” de Peti y ahora tenía 2 chinchillas a las que sólo les faltaba escupirme a la cara cada vez que me veían.

 

Tras otros 3 años, ya viviendo en Murcia, Oki murió repentinamente y fue entonces cuando adopté a Hongui. Y tres cuartos de lo mismo: cuando me acercaba a ella parecía que viera al mismísimo Satanás…. ¡En fin!

No quiero dejar de mencionar el hecho de que como son roedores, en un par de ocasiones, que se han escapado de la jaula cuando no estábamos en casa, nos hemos encontrado al regresar, con cables cercenados, el suelo se ha convertido en un campo de “minas”, los muebles mordidos, la cama meada y otros tantos destrozos que os podéis imaginar.

 

A pesar de todo, a lo largo de los años he conseguido algunos (pocos) avances con los “petis”:

  1. Cuando los saco a pasear, A VECES se posan sobre mí (unos 5 segundos)
  2. Si los tengo que coger, huyen; pero no se me bufan (a mi marido le atacan)
  3. Cada mañana cuando oyen mi voz (que no la de mi marido) sacan su hocico para que les dé alguna golosina (que por supuesto les doy)
  4. Hongui me da unos mordisquitos en la punta de la nariz que yo estoy convencida que son de cariño (Javi no opina lo mismo…)
  5. Peti ya casi nunca me muerde el dedo cuando intento acariciarlo a través de los barrotes (¡Yujuuuu!)

Y ya. Hasta aquí mis pequeños grandes logros.

 

Mis amigos y familia (incluso mi marido), me preguntan cómo puedo querer tanto a mis chinchillas, pues pese a todo las sigo mimando, les pongo el aire acondicionado para que no pasen calor, hacemos la rutina de paseo y limpieza de jaula TODAS LAS NOCHES, les hablo para que se sientan queridas y tengo el móvil lleno de fotos suyas. Por todo ello, quiero aprovechar este espacio que me brinda mi blog para responder a la pregunta que tanto intriga a mis más allegados:

Quiero a mis chinchillas porque he aprendido a aceptar que SON ASÍ. Yo me frustraba porque intentaba cambiarlas y porque tenía una idea preconcebida de cómo se supone que tiene que ser una chinchilla. Y en el momento en el que me di cuenta que mis “petis” jamás serían cariñosos, que no podía esperar que se subieran por voluntad propia a mi mano, que nunca podría acariciarlos como hago con Triki, que por muchas bayas de gogi que les diera su respuesta iba a ser siempre la misma… dejé de esperar el cambio y empecé a disfrutar de ellos. Pues el cambio, precisamente, tenía que partir de mí, que era la que estaba sufriendo en esta “relación”.

Y éste es el mensaje que quiero transmitir con este post, haciendo una analogía con las relaciones entre personas. Pues muchas veces los seres humanos nos sentimos en desventaja o esperamos que “el otro” sea y haga lo que queremos nosotros. Y en esas situaciones hay que darse cuenta que quizás, la única manera para reducir el malestar que sentimos sea darle una vuelta a nuestro punto de vista. Y si no estamos dispuestos a aceptar de ninguna de las maneras que la otra persona no va a cambiar entonces la cuestión será plantearse, llegado el caso, si queremos seguir relacionándonos con alguien que ES ASÍ. Yo tengo claro que sí. Por eso, para finalizar quiero recalcar que no cambiaría a Peti, Hongui o la fallecida Oki por ninguna otra chinchilla; ni siquiera por la que aparece en el vídeo que os muestro a continuación (que es una preciosidad, pero juraría que la han drogado…)

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Sira Sánchez

Psicóloga. Mi campo laboral se ha centrado en la orientación educativa, en la enseñanza pública desarrollando funciones de jefatura del Departamento de Orientación. Actualmente dirijo el área educativa y de orientación en WebPsicólogos.

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