Hoy os presento un artículo realizado por Luis Gonzalo, abogado en la ciudad de Albacete.
Colegiado en el año 2004 y desde entonces ejerce la abogacía en el despacho DEFENSA LEGAL ALBACETE.
En el año 2009 se incorpora  al Turno de Oficio. Pertenece también al elenco de abogados del Tribunal Eclesiástico de Albacete, donde ha llevado varias causas de nulidad matrimonial. Recientemente he obtenido el título de mediador.
Además, es padre de dos niñas, aficionado al running, cantante de Julius Friends.

Antes de  dejaros con el interesante  artículo que nos ha escrito para ti, deciros que es de esos abogados de los que hacen falta mucho más. Porque a parte de experto en leyes y procedimientos, parte de una preocupación sincera y real por las personas con las que trabaja.
Sin más, os dejo con su reflexión:

La abogacía es una de esas profesiones de fuerte contenido emocional

Existen determinadas profesiones que se desarrollan en torno a las profundidades de la psique humana, aflorando en ocasiones las peores miserias, pero también las mayores grandezas de las que el hombre es capaz. La abogacía es una de esas profesiones de fuerte contenido emocional, pues los abogados generalmente nos encontramos con preocupaciones que afectan a la esfera más íntima y valiosa para la persona que tenemos enfrente, e incluso es frecuente que esa persona, en el momento concreto de su vida que se cruza con su abogado, se esté enfrentando a las mayores dificultades con las que ha tenido la desgracia de encontrarse jamás, con repercusión como mínimo en dos ámbitos: el material y el emocional.

Misión del abogado

Aquí es donde entra en juego la responsabilidad del abogado, más allá de lo que es meramente definir y ejecutar la mejor estrategia de defensa, y prestar su voz al cliente. Hay que tener en cuenta que el abogado actúa como enlace entre el justiciable y la administración de justicia, por lo que el enfoque psicológico del abogado puede llegar a determinar aspectos tan sutiles como la percepción que el cliente obtenga, no solo de cómo se ha tratado su problema en concreto, sino también del propio sistema de justicia en general, con independencia de cuál sea el resultado objetivo obtenido en el juicio; de modo que con un enfoque más o menos acertado, es posible suavizar el sufrimiento que hay detrás de una derrota, o por el contrario cabe avivar el posible resentimiento que pueda surgir a pesar de la victoria.

 Cada caso, un mundo.

No es extraño que al abogado se le presenten situaciones de lo más variopinto en las que tiene que estar preparado y bien armado psicológicamente para respetarlas y gestionarlas integralmente en toda su dimensión. En ocasiones son situaciones dramáticas, en ocasiones surrealistas, otras difíciles y complejas, a veces incluso cómicas…, pero la gran mayoría de ellas tienen en común el manejo de material de alta sensibilidad, donde suelen encontrarse posiciones muy enquistadas, y los miedos ocupan un lugar preponderante.  Por todas estas razones, para el abogado puede suponer un esfuerzo adicional el traspasar esa primera capa de asimilación del problema, y lógico rechazo que todos mostramos de algún modo ante algo que nos preocupa.

Tradicionalmente el abogado no ha mostrado un interés especial por abordar un nuevo caso desde una perspectiva psicológica, y cuando se ha prestado atención a la esfera emocional de un problema jurídico, la aproximación al mismo ha sido de un modo intuitivo, o bien partiendo de la propia experiencia. En este aspecto, siempre han existido y existirán profesionales “inconscientemente competentes”, que sin saberlo, han aplicado avanzadas técnicas psicológicas en el desarrollo de su trabajo, y han logrado así satisfacer esa faceta íntimamente ligada a la defensa material de los derechos de su representado.

Hacia una eficacia consciente

En nuestra realidad presente, cada vez somos más conscientes de que el ejercicio de la abogacía no consiste solo en poner encima de la mesa del juez, y hacer valer en los estrados, los argumentos y pruebas que más benefician el interés de nuestro cliente. Labor, que por sí misma ya contiene,  sin lugar a dudas, una fuerte carga psicológica, pues somos muchos quienes entendemos que para realizarla con honestidad se debe partir primero de un genuino interés por conocer la verdad que subyace detrás de cada situación, ya que sólo teniendo una visión completa de cada problema puede actuarse libre de condicionamientos que hagan perder la objetividad, y en definitiva, la contienda judicial. Sólo desde el enfoque psicológico adecuado se puede alcanzar la verdad, reconocer las pruebas que la avalan y contar con honestas posibilidades de vencer el litigio.

 

Es de indudable mérito la gestión que el abogado desempeña también como el único operador jurídico que tiene verdadero contacto con todos los sujetos que intervienen en el proceso, y que presentan cada uno  de ellos su propio universo de motivaciones, de condicionamientos, de particularidades sociales y culturales, todas ellas igualmente dignas de respeto, pero en ocasiones tan trágicamente distanciadas, que el necesario acercamiento que el abogado se ve obligado a hacer en solitario, puede no siempre resultar suficiente, si cuenta tan sólo con las herramientas tradicionales.

Utilizar la psicología

Por ello, hoy más que nunca, para el sano ejercicio de la abogacía, merece la pena profundizar en el conocimiento y desarrollo de diferentes instrumentos que la psicología pone a nuestro alcance, como es el caso del desarrollo de la empatía, la adecuada gestión de las emociones, el refuerzo y la persuasión, la comunicación desde la emoción más auténtica, la escucha activa, etc., ya que estas habilidades pueden suponer una gran ayuda para conseguir importantes logros a distintos niveles, desde plantear un interrogatorio eficaz, exponer un alegato acertado, obtener una adecuada comunicación con el cliente y el resto de intervinientes en el litigio, o evitar confrontaciones innecesarias y plantear soluciones alternativas por medio de la negociación; incluso en el ámbito personal del abogado, el conocimiento de técnicas psicológicas es enormemente valioso para aprender a tomar distancia emocional con el despacho, para conciliar el trabajo con la vida familiar, para establecer prioridades vitales, para encajar con ecuanimidad tanto los éxitos como los fracasos, y para compartir con los seres queridos de manera constructiva las inquietudes que esta profesión conlleva.

Luis Gonzalo Navarro Cebrián

Abogado. Bufete Defensa Legal de Albacete.       

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Psicólogo y coordinador de proyectos. Escribo sobre psicología aplicada a la vida cotidiana. Me apasiona cómo internet, redes sociales, y las nuevas formas de comunicación influyen en las personas y estoy convencido que de todo esto va a salir algo bueno

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